El punto de giro

en la estrategia

General (RA) Carlos Ospina Ovalle

Excomandante general de las Fuerzas Militares de Colombia y del Ejército Nacional

Profesor del College of International Security Affairs (CISA) National Defense University Washington D. C.

El período 1998-2002 puede ser considerado como el inicio de la etapa final del fracaso del plan estratégico de las Farc. Lo anterior teniendo en cuenta la teoría clausewitziana (Howard, 2002), la cual permite afirmar que este grupo armado alcanzó su punto culminante, perdiendo la iniciativa estratégica e iniciando una fase que los llevó a la definitiva pérdida de la voluntad de lucha, al entender que la toma del poder por las armas ya no era posible, algo que en la teoría de la guerra se denomina propósito negativo, es decir, que por más que se desarrollen acciones, estas no cambiarán el resultado de la confrontación. En consecuencia, inicia la paulatina criminalización de los guerrilleros que se refugian en ataques contra la población civil y la utilización de explosivos, entre otras tácticas, para lograr sobrevivir mientras se generan mejores condiciones políticas para obtener una salida ventajosa y evitar la derrota total.

 

Sin embargo, los ataques que las Farc realizaron en Las Delicias (1996), La Carpa (1996), San Juanito (1997) y otros municipios del territorio nacional, los cuales causaron un importante número de bajas a las Fuerzas Militares, habían invadido a los guerrilleros y en especial a sus jefes de optimismo. De ahí que, de manera simultánea, con la inauguración de los diálogos de paz con el Gobierno nacional en 1999, en San Vicente del Caguán, Caquetá, el secretariado de esa organización armada determinara la continuación de la ofensiva, situación que generó un ambiente de escepticismo entre algunos medios de comunicación y analistas de diferentes tendencias dentro y fuera del país, quienes pronosticaban un desenlace poco favorable.

 

Para este momento el secretariado de las Farc había ordenado conformar columnas mixtas de diferentes frentes, llamadas interfrentes, que al igual que en las ofensivas anteriores debían abrumar utilizando los factores de sorpresa y masa, es decir, un gran número de integrantes de sus filas atacando, entre otros, puestos aislados de Policía, para así obligar la reacción del Ejército, que al llegar a apoyar era sorprendido en áreas preparadas y emboscadas sobre los puntos de desembarco de los helicópteros, y sobre las carreteras que conectaban esos municipios con las capitales. Esto debía repetirse en diferentes lugares de manera sucesiva o simultánea.

 

Analizando con más detalle lo anterior, es posible apreciar una serie de acciones tácticas que obtendrían un resultado operativo que a su vez cumpliría el propósito estratégico de obligar a la Policía Nacional a abandonar las áreas afectadas y así incorporarlas a las regiones bajo su control, en tanto que se continuaba arremetiendo contra el Ejército, y, como consecuencia, contra la población civil. Todo esto en el marco del «Plan estratégico para la toma del poder a través de las armas». Por supuesto, con tales intenciones, los diálogos de paz eran un simple anexo del plan de guerra de las Farc.

 

En cumplimiento a la estrategia antes mencionada de este grupo al margen de la ley, en julio de 1999 el frente Oriental planeó atacar simultáneamente Puerto Rico y Puerto Lleras, ambos en el sur del departamento del Meta; al igual que Curillo, El Doncello y Puerto Rico, en Caquetá. En total participaron entre 2000 y 2500 guerrilleros que se concentraron y movilizaron desde la «zona de distensión» (Ospina Ovalle, 2014).

 

No obstante, la Cuarta División del Ejército, a partir de labores de inteligencia, logró conocer los planes del secretariado, y, en coordinación con el Comando del Ejército, preparó recursos aéreos y Unidades, como la Brigada de Fuerzas Especiales, para contrarrestar la acción de los insurgentes, aunque no se habían determinado los puntos exactos que serían atacados.

Finalmente, la ofensiva de las Farc en el Caquetá y el Meta se produjo el 10 de julio de ese mismo año, pero esta vez fueron sorprendidos, especialmente en este último departamento por la reacción de las Unidades de la Cuarta División, que utilizando los recursos preparados con anterioridad llegaron prontamente a  Puerto Lleras y luego a Puerto Rico, para formar un semicírculo alrededor de las columnas de las Farc que se vieron en medio del fuego convergente de varios batallones y la acción implacable de la Fuerza Aérea Colombiana.

 

La sorpresa, el poder de fuego y la acción combinada desde aire y tierra no solo causaron un alto número de bajas a los guerrilleros, en total 79 (Ospina Ovalle, 2014), sino que desmoralizaron a los miembros de esas columnas, que emprendieron una desesperada huida hacia su refugio, la «zona de distensión», mientras dejaban abandonado material de guerra en grandes cantidades. El impacto fue total, el jefe de la parte armada de las Farc, conocido con el alias de Mono Jojoy, quien planeó y dirigió la operación, fue obligado por el secretariado a reconocer su error y a declarar que no podían intentar combatir frontalmente con el Ejército, y que debían seguir actuando en grupos pequeños, evitando la confrontación.

 

La acción de las Fuerzas Militares se efectuó a través de líneas interiores, lo que significa que partió de un epicentro (Villavicencio), desde el cual se distribuyó el poder de combate que actuaría en las diferentes localidades atacadas. De esta manera se logró contrarrestar el dispositivo convergente de las Farc a partir de la «zona de distensión».

 

Sin duda, fue una victoria a nivel operativo para la Institución, pues también en el Caquetá la ofensiva guerrillera fracasó y las repercusiones de este acontecimiento marcaron el camino hacia su derrota militar. «La guerra de movimientos» o nueva forma de operar de las Farc tuvo que ser abandonada, lo que los obligó a regresar a lo que habían hecho durante casi 30 años, luchar en pequeños grupos. A su vez, esto determinó la pérdida de la iniciativa estratégica que contemplaba atacar determinadas áreas para buscar ampliar las zonas bajo su control. En consecuencia, pasaron a la defensiva estratégica y a refugiarse en las regiones en donde tenían mayor influencia, como el departamento de Cundinamarca y la zona del Caguán (denominado centro de despliegue y retaguardia estratégica, de acuerdo con el plan de las Farc).

 

A partir del 2002, con la operación Libertad I y la acción de la Fuerza de Tarea Conjunta Omega, las Fuerzas Militares obligaron a las Farc a abandonar Cundinamarca y el Caguán, lo que marcó el final de su plan estratégico. Ya en medio de un innegable propósito negativo y refugiados en áreas distantes, incrementaron sus acciones terroristas contra la población civil para sobrevivir y, en definitiva, lograr una solución política favorable.

 

Finalmente, fue gracias a la eficacia, agilidad, contundencia y sacrificio de los hombres y mujeres de las Fuerzas Militares que las operaciones de los grupos armados ilegales no lograron sus objetivos. Al contrario, el rumbo hacia la victoria militar del Ejército Nacional se trazó con mayor claridad.

Para ampliar el tema consulte las siguientes referencias:

 

Chin T. y Giap, N. (1972). Estrategia y táctica de la resistencia vietnamita, Editorial Oveja Negra. Bogotá, Colombia.

 

Howard,M. (2002). Clausewitz, A very short Introduction. Oxford University Press. New York, United States.

 

Marks, T (2017).  Farc, 1982-2002: criminal foudation for insurgent defeat, Small Wars and Insurgencies, Taylor and Francis group. Londres, Reino Unido.

 

Ospina Ovalle, C. (2014). Los años en que Colombia recuperó la esperanza. Pontificia Universidad Javeriana. Medellín, Colombia.

 

Spencer, D. et al. (2011). Lessons from Colombia's Road to Recovery. Center for Hemispheric Defense Studies. Washington  D. C., United States.

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